Bogotá está anunciando una inversión de $1.1 billón en los próximos cinco años para renovar su zona central, que consta de 1.200 manzanas y donde se concentra gran parte de la actividad financiera, la institucionalidad pública, los hoteles, los edificios de grandes empresas, el comercio tradicional, las iglesias y los espacios de educación universitarios. Por allí desfilan diariamente un millón y medio de personas.
Hoy este centro es caótico. No es agradable. No es funcional. Es bastante inseguro. Existen amplias zonas deprimidas, con calles destruidas y con edificaciones que amenazan ruina. El gobierno distrital cree que es posible una modificación radical de estas condiciones y para ello lo intervendrá de manera paulatina.
Pensar en una acción similar para Pereira no es descabellado. Ya se han dado los primeros pasos. Hace cerca de una década se semipeatonalizó el centro de la ciudad, pero no se pudo concretar el propósito de convertir un tramo de las carreras séptima y octava en zonas comerciales abiertas al mejor estilo de las ciudades europeas, debido a las presiones de líderes gremiales, que con una actitud miope y provinciana consideraron que sería perjudicial evitar el transito automotor por los alrededores de los parques de Bolívar, El Lago y La Libertad.
Esta visión torpe y cortoplacista del desarrollo urbano, promovida especialmente por voceros de Fenalco, es la responsable de que el actual centro de Pereira sea un bazar de mala muerte, que los comerciantes tradicionales estén arruinados, que la inseguridad sea una constante diaria y que la gente ya no quiera visitar este sector, que de acuerdo con los reportes de los medios de comunicación, quedó en poder de la mendicidad, la delincuencia y la prostitución.
El centro de Pereira consta de 164 manzanas y allí habitan cerca de 20.000 personas. Es una de las pocas áreas céntricas del país donde aun vive la gente, lo que se convierte en un potencial para enfrentar un proceso de renovación urbana que debe servir para dotar a la ciudad de bulevares, aprovechando manzanas enteras que no se pueden construir por los riesgos que se generan durante la ocurrencia de terremotos, y que hoy son botaderos de basura y refugio de delincuentes. Intervenir los espacios urbanos más deprimidos para construir allí complejos habitacionales, nuevos edificios gubernamentales y más centros comerciales que complementen los esfuerzos realizados en torno a Ciudad Victoria, es una posibilidad totalmente cierta siempre y cuando exista voluntad política.
Los pereiranos no se pueden dar el lujo de clausurar la posibilidad de tener un centro moderno que privilegie al peatón, lleno de áreas verdes, fuentes de agua, ciclovias, juegos infantiles, zonas recreacionales, servicios gubernamentales, unidades habitacionales mejoradas y calles y andenes amplios.
Los dirigentes locales deben entender que es necesario seguir mejorando las condiciones de la ciudad para mantener la preeminencia en la competitividad regional, especialmente ahora, cuando en Armenia y Manizales las grandes marcas comerciales están construyendo sus superficies; los inversionistas están en la tarea de levantar hoteles, centros de exposiciones y nuevas atracciones turísticas; y el gobierno nacional empieza a girar los dineros necesarios para construir y actualizar aeropuertos y ampliar la infraestructura vial, además de impulsar la actividad logística.
Pereira no puede entrar en una fase de adormilamiento generalizado ni contagiarse del mal gobierno local, pues ello conduciría a un inminente retroceso en su desarrollo, situación que sería aprovechada por las ciudades vecinas, que han acelerado su crecimiento, han atraído inversiones privadas y son consentidas por el gasto público del gobierno nacional.
Este es un blog para el debate de temas de interés general, especialmente aquellos relacionados con el medio ambiente y la política social.
lunes, 12 de octubre de 2009
miércoles, 7 de octubre de 2009
PIEDAD ES LA MUJER MÁS IMPORTANTE DE COLOMBIA
Negra, vendepatrias, traicionera, anticolombiana, comunista, guerrillera, estúpida… Estos son apenas algunos calificativos publicables que le dicen diariamente a Piedad Córdoba, aquellas señoras y señores cuya importancia relativa para el país es ninguna, pero que afilan su lengua apenas aparece públicamente la Senadora.
Piedad Córdoba es una indeseable para la mayoría de los colombianos. A ella, en un país terriblemente segregacionista, no le perdonan su color de piel. Ser negra o negro en Colombia es una condena anticipada a la discriminación. Casi ninguna esfera importante de la vida social y económica acepta a los negros. El general More y la ministra de cultura Paula Marcela Moreno, son las excepciones, no por el querer de las poderosas mafias políticas, sino por un mandato expreso de la influyente Black Caucus, a la cual pertenecen los congresistas negros de los Estados Unidos y de la que hizo parte el presidente Obama.
A la senadora Córdoba nunca la van a querer en un país donde a la gente le gusta hablar en términos figurativos, donde reina el chisme y la conseja, donde las verdades son a medias y donde el anónimo tiene un papel central en los acontecimientos rutinarios. Este es un escenario poco propicio para una mujer que habla claro y dice lo que piensa.Cómo va a ser posible que a Piedad, la que habla duro y de frente, la pueda acoger una nación tremendamente machista, donde la mujer no tiene espacios para manifestarse; es objeto permanente de agresión física, moral y sexual; y está excluida de las grandes decisiones políticas y económicas.
A ella la llaman traicionera y vendepatria porque no hace parte de las mayorías, ni se pone las rodilleras institucionales, ni se deja convencer de los discursos mesiánicos, ni hace parte de las multitudes esquizofrénicas.Los calificativos de guerrillera y comunista se los endilgan porque su posición política de la más pura entraña liberal, se contrapone a las expresiones gubernamentales.
La gente al perder el norte de la esencia filosófica de los partidos políticos, es incapaz de entender un discurso que defienda las libertades, que propenda por el libre examen y que procure salidas negociadas antes que una guerra fratricida.Sin ninguna duda, Piedad Córdoba es la mujer más importante de la política en Colombia, para no decir que es la colombiana más vistosa y destacada en el escenario internacional.
Ella, por su gran arrojo, ha podido más en el tema del secuestro, que la retórica gubernamental. Ella ha concentrado mucha más atención de los grandes poderes mundiales que la deplorable política diplomática del gobierno. Por sus propios méritos, en contra de la voluntad de los jefes de su Partido, sin medir riesgos, llegando incluso a los excesos, le ha permitido a decenas de familiares de secuestrados mantener prendida la llama de la esperanza de poder volver a ver a sus seres queridos con vida y en libertad.
Mientras Piedad cumple con la loable misión de buscar la libertad de los secuestrados por las FARC, en los cafés, en las oficinas, en los taxis, en las universidades, en los salones de belleza, en los campos de golf de Colombia… hay señores y señoras, sin ninguna importancia relativa para el país, hablando de esa negra, guerrillera, vendepatrias, traicionera y estúpida. Entretanto, el Instituto de Investigaciones de Paz de Oslo confirma que la senadora Piedad Córdoba está en la lista de elegibles para el Premio Nobel de la Paz en 2009.
Piedad Córdoba es una indeseable para la mayoría de los colombianos. A ella, en un país terriblemente segregacionista, no le perdonan su color de piel. Ser negra o negro en Colombia es una condena anticipada a la discriminación. Casi ninguna esfera importante de la vida social y económica acepta a los negros. El general More y la ministra de cultura Paula Marcela Moreno, son las excepciones, no por el querer de las poderosas mafias políticas, sino por un mandato expreso de la influyente Black Caucus, a la cual pertenecen los congresistas negros de los Estados Unidos y de la que hizo parte el presidente Obama.
A la senadora Córdoba nunca la van a querer en un país donde a la gente le gusta hablar en términos figurativos, donde reina el chisme y la conseja, donde las verdades son a medias y donde el anónimo tiene un papel central en los acontecimientos rutinarios. Este es un escenario poco propicio para una mujer que habla claro y dice lo que piensa.Cómo va a ser posible que a Piedad, la que habla duro y de frente, la pueda acoger una nación tremendamente machista, donde la mujer no tiene espacios para manifestarse; es objeto permanente de agresión física, moral y sexual; y está excluida de las grandes decisiones políticas y económicas.
A ella la llaman traicionera y vendepatria porque no hace parte de las mayorías, ni se pone las rodilleras institucionales, ni se deja convencer de los discursos mesiánicos, ni hace parte de las multitudes esquizofrénicas.Los calificativos de guerrillera y comunista se los endilgan porque su posición política de la más pura entraña liberal, se contrapone a las expresiones gubernamentales.
La gente al perder el norte de la esencia filosófica de los partidos políticos, es incapaz de entender un discurso que defienda las libertades, que propenda por el libre examen y que procure salidas negociadas antes que una guerra fratricida.Sin ninguna duda, Piedad Córdoba es la mujer más importante de la política en Colombia, para no decir que es la colombiana más vistosa y destacada en el escenario internacional.
Ella, por su gran arrojo, ha podido más en el tema del secuestro, que la retórica gubernamental. Ella ha concentrado mucha más atención de los grandes poderes mundiales que la deplorable política diplomática del gobierno. Por sus propios méritos, en contra de la voluntad de los jefes de su Partido, sin medir riesgos, llegando incluso a los excesos, le ha permitido a decenas de familiares de secuestrados mantener prendida la llama de la esperanza de poder volver a ver a sus seres queridos con vida y en libertad.
Mientras Piedad cumple con la loable misión de buscar la libertad de los secuestrados por las FARC, en los cafés, en las oficinas, en los taxis, en las universidades, en los salones de belleza, en los campos de golf de Colombia… hay señores y señoras, sin ninguna importancia relativa para el país, hablando de esa negra, guerrillera, vendepatrias, traicionera y estúpida. Entretanto, el Instituto de Investigaciones de Paz de Oslo confirma que la senadora Piedad Córdoba está en la lista de elegibles para el Premio Nobel de la Paz en 2009.
jueves, 1 de octubre de 2009
PEREIRA, EN EL PEOR DE LOS MUNDOS
Para el alcalde de Pereira, Israel Londoño, no es cierto que Pereira sea el líder nacional en desempleo y descalifica los datos del DANE. Esta es una posición profundamente desesperada de alguien que inició su gobierno en enero de 2008 con una tasa de desempleo en la ciudad del 13,4%, que en ese momento era la cuarta más alta del país.
Inconcebiblemente este Alcalde y su equipo de gobierno no le hicieron seguimiento a este tema, ni siquiera cuando dos meses después de asumir el cargo la desocupación se había trepado al 15,2%, la segunda más alta del país después de Ibagué.
La despreocupación en la Alcaldía de Pereira creció luego de conocerse que en noviembre de 2008 la tasa de desempleo había caído al 12,7%. Nadie volvió a hablar del tema. Todos se fueron tranquilos a comer natilla y buñuelos durante la temporada decembrina.
Cuando llegó marzo de 2009, Pereira se ubicó en el tercer lugar de desocupación con el 17,3% y tanto el alcalde Londoño Londoño como los voceros gremiales, se hicieron los de la vista gorda. Sólo vinieron a preocuparse cuando la ciudad asumió el liderato del desempleo nacional en el mes de mayo con el 19,7%.
Y fue Troya, cuando el índice alcanzó el 20,7% en junio de 2009. Y la desesperación cundió en julio y agosto una vez el dato llegó al 21,5% y 21.3%, respectivamente.
La tendencia del desempleo venía en alza durante casi dos años y el alcalde Pereira no se dio por enterado. Estaba más preocupado por las nimiedades de la politiquería, por posar en las fotografías con las reinas en las festividades de La Cosecha o por salvar del descenso al Deportivo Pereira.
Y ahora, cuando el mundo se le vino encima. Cuando los ciudadanos lo consideran un gobernante ineficiente. Cuando los resultados de su gestión son bastante pobres. Sólo ahora, viene a entregar unas declaraciones desaliñadas a los medios de comunicación nacionales, donde le pide al DANE que le entregue a él la base de datos de la encuesta, porque con ella sería capaz de identificar el problema, saber las causas y encontrar las soluciones ideales. En otras palabras, el mensaje que mandó es que no tiene la menor idea de lo que está pasando con el desempleo, y obviamente no sabe cómo atacarlo.
Así las cosas, los pereiranos están en el peor de los mundos.
Inconcebiblemente este Alcalde y su equipo de gobierno no le hicieron seguimiento a este tema, ni siquiera cuando dos meses después de asumir el cargo la desocupación se había trepado al 15,2%, la segunda más alta del país después de Ibagué.
La despreocupación en la Alcaldía de Pereira creció luego de conocerse que en noviembre de 2008 la tasa de desempleo había caído al 12,7%. Nadie volvió a hablar del tema. Todos se fueron tranquilos a comer natilla y buñuelos durante la temporada decembrina.
Cuando llegó marzo de 2009, Pereira se ubicó en el tercer lugar de desocupación con el 17,3% y tanto el alcalde Londoño Londoño como los voceros gremiales, se hicieron los de la vista gorda. Sólo vinieron a preocuparse cuando la ciudad asumió el liderato del desempleo nacional en el mes de mayo con el 19,7%.
Y fue Troya, cuando el índice alcanzó el 20,7% en junio de 2009. Y la desesperación cundió en julio y agosto una vez el dato llegó al 21,5% y 21.3%, respectivamente.
La tendencia del desempleo venía en alza durante casi dos años y el alcalde Pereira no se dio por enterado. Estaba más preocupado por las nimiedades de la politiquería, por posar en las fotografías con las reinas en las festividades de La Cosecha o por salvar del descenso al Deportivo Pereira.
Y ahora, cuando el mundo se le vino encima. Cuando los ciudadanos lo consideran un gobernante ineficiente. Cuando los resultados de su gestión son bastante pobres. Sólo ahora, viene a entregar unas declaraciones desaliñadas a los medios de comunicación nacionales, donde le pide al DANE que le entregue a él la base de datos de la encuesta, porque con ella sería capaz de identificar el problema, saber las causas y encontrar las soluciones ideales. En otras palabras, el mensaje que mandó es que no tiene la menor idea de lo que está pasando con el desempleo, y obviamente no sabe cómo atacarlo.
Así las cosas, los pereiranos están en el peor de los mundos.
martes, 22 de septiembre de 2009
Una ciudad que no reacciona
En un secreto de Estado se convirtió el proyecto City Marketing para Pereira. Dicen las voces oficiales y algunos privilegiados del sector privado, que es un documento fenomenal. Que difícilmente alguien podía imaginarse algo similar. Que sus creadores están en el borde de ser unos genios de la promoción y la publicidad institucional. Sin embargo, todavía esa maravilla no se ha puesto en marcha y la sociedad en su conjunto la desconoce.
Más allá de que exista un documento genial, Pereira requiere con urgencia acciones reales para enfrentar la crisis interna que está viviendo. No es concebible que las fuerzas vivas de la ciudad sigan esperando que el gobierno nacional las provea de los recursos necesarios para disminuir el galopante desempleo que desde mayo último la tiene asolada.
Mientras en Pereira insisten en un Conpes y aguardan a que les lleguen los dineros anunciados por el presidente Uribe, muchos de los cuales no existen en las arcas del Ministerio de Hacienda, ni serán aprobados por Planeación Nacional, ciudades como Bucaramanga, Medellín, Pasto e Ibagué, para sólo mencionar cuatro ejemplos, tienen a sus Alcaldes liderando procesos que han brindado resultados envidiables.
Los alcaldes Vargas, Salazar, Alvarado y Botero han logrado revertir la tendencia creciente del desempleo gracias a liderar una inversión pública de choque, incentivar la demanda local, brindar microcréditos productivos para las familias, auspiciar nuevos mercados para sus industriales y propiciar novedosas relaciones entre los ciudadanos pobres y el gobierno para la obtención de subsidios. Todo esto en una acción conjunta con los empresarios y las organizaciones de la sociedad. Estos cuatro alcaldes son queridos y respetados por sus ciudadanos.
El desempleo es apenas uno de los graves problemas que tiene Pereira, que se presenta hoy como una de las ciudades con mayor ocurrencia de delitos y más baja percepción de seguridad urbana. Son conocidos los acontecimientos frecuentes de asaltos a casas campestres, secuestros expresos, aumento de bandas de delincuentes juveniles, robo de vehículos y comercialización de narcóticos al detal en todos los barrios y a todas las horas, sin que se produzca una reacción institucional creíble y efectiva.
El panorama se sigue enrareciendo cuando se sabe por las noticias que se emiten desde Pereira, que el aeropuerto Matecaña se consolida como un centro de embarque de drogas y un puerto de salida para el comercio internacional de prostitutas.
Las calles y andenes de amplias zonas comerciales están en poder de vendedores estacionarios, talleres de mecánica y mafias del espacio público. Se ha descubierto que hay organizaciones que arriendan diariamente un pedazo de andén para que la gente pueda vender sus mercancías u ofrecer sus servicios, ante la indolencia de las autoridades locales.
Quienes seguimos con interés los acontecimientos de Pereira, pensamos que ya se deberían estar ejecutando inversiones públicas por parte del gobierno municipal. Que es el momento de pasar de los anuncios publicitarios a la acción. Hay proyectos de infraestructura física que se deben desatar rápidamente, claro, en la medida en que sea cierta la afirmación oficial de que están totalmente financiados.
Es sustancial que se continúe con el proceso de renovación urbana de la zona centro de Pereira. Llevamos seis años sin que las administraciones municipales emprendan la ejecución de proyectos complementarios a Ciudad Victoria y que erradiquen de una vez por todas las zonas tuguriales, donde abundan la prostitución infantil y los locales para el consumo de drogas, amen de tener un aspecto francamente desagradable, al cual se han ido acostumbrando los pereiranos.
La recuperación de la zona centro pasa por una decisión trascendental que a todos los alcaldes les ha dado temor adoptar: desalojar las ventas callejeras y ordenar el espacio público. Bogotá, Bucaramanga y Medellín, están dando ejemplo de cómo recuperar dicho espacio. La situación en este sentido en Pereira es de una gravedad inusitada, que se complica porque el Alcalde y su secretario de Gobierno no actúan.
La dirigencia pereirana tiene la obligación de entender que si todas estas enfermedades siguen vigentes y no se aplican los remedios adecuados de manera oportuna, la ciudad perderá completamente su competitividad y entonces los vecinos sustituirán muchas de nuestras ventajas actuales. Sería muy provechoso que empezaran a mirar lo que está ocurriendo con la inversión privada en Armenia, por ejemplo.
Las circunstancias obligan a que las decisiones se deban tomar hoy y para ello se requieren líderes. ¿Los tenemos?
Más allá de que exista un documento genial, Pereira requiere con urgencia acciones reales para enfrentar la crisis interna que está viviendo. No es concebible que las fuerzas vivas de la ciudad sigan esperando que el gobierno nacional las provea de los recursos necesarios para disminuir el galopante desempleo que desde mayo último la tiene asolada.
Mientras en Pereira insisten en un Conpes y aguardan a que les lleguen los dineros anunciados por el presidente Uribe, muchos de los cuales no existen en las arcas del Ministerio de Hacienda, ni serán aprobados por Planeación Nacional, ciudades como Bucaramanga, Medellín, Pasto e Ibagué, para sólo mencionar cuatro ejemplos, tienen a sus Alcaldes liderando procesos que han brindado resultados envidiables.
Los alcaldes Vargas, Salazar, Alvarado y Botero han logrado revertir la tendencia creciente del desempleo gracias a liderar una inversión pública de choque, incentivar la demanda local, brindar microcréditos productivos para las familias, auspiciar nuevos mercados para sus industriales y propiciar novedosas relaciones entre los ciudadanos pobres y el gobierno para la obtención de subsidios. Todo esto en una acción conjunta con los empresarios y las organizaciones de la sociedad. Estos cuatro alcaldes son queridos y respetados por sus ciudadanos.
El desempleo es apenas uno de los graves problemas que tiene Pereira, que se presenta hoy como una de las ciudades con mayor ocurrencia de delitos y más baja percepción de seguridad urbana. Son conocidos los acontecimientos frecuentes de asaltos a casas campestres, secuestros expresos, aumento de bandas de delincuentes juveniles, robo de vehículos y comercialización de narcóticos al detal en todos los barrios y a todas las horas, sin que se produzca una reacción institucional creíble y efectiva.
El panorama se sigue enrareciendo cuando se sabe por las noticias que se emiten desde Pereira, que el aeropuerto Matecaña se consolida como un centro de embarque de drogas y un puerto de salida para el comercio internacional de prostitutas.
Las calles y andenes de amplias zonas comerciales están en poder de vendedores estacionarios, talleres de mecánica y mafias del espacio público. Se ha descubierto que hay organizaciones que arriendan diariamente un pedazo de andén para que la gente pueda vender sus mercancías u ofrecer sus servicios, ante la indolencia de las autoridades locales.
Quienes seguimos con interés los acontecimientos de Pereira, pensamos que ya se deberían estar ejecutando inversiones públicas por parte del gobierno municipal. Que es el momento de pasar de los anuncios publicitarios a la acción. Hay proyectos de infraestructura física que se deben desatar rápidamente, claro, en la medida en que sea cierta la afirmación oficial de que están totalmente financiados.
Es sustancial que se continúe con el proceso de renovación urbana de la zona centro de Pereira. Llevamos seis años sin que las administraciones municipales emprendan la ejecución de proyectos complementarios a Ciudad Victoria y que erradiquen de una vez por todas las zonas tuguriales, donde abundan la prostitución infantil y los locales para el consumo de drogas, amen de tener un aspecto francamente desagradable, al cual se han ido acostumbrando los pereiranos.
La recuperación de la zona centro pasa por una decisión trascendental que a todos los alcaldes les ha dado temor adoptar: desalojar las ventas callejeras y ordenar el espacio público. Bogotá, Bucaramanga y Medellín, están dando ejemplo de cómo recuperar dicho espacio. La situación en este sentido en Pereira es de una gravedad inusitada, que se complica porque el Alcalde y su secretario de Gobierno no actúan.
La dirigencia pereirana tiene la obligación de entender que si todas estas enfermedades siguen vigentes y no se aplican los remedios adecuados de manera oportuna, la ciudad perderá completamente su competitividad y entonces los vecinos sustituirán muchas de nuestras ventajas actuales. Sería muy provechoso que empezaran a mirar lo que está ocurriendo con la inversión privada en Armenia, por ejemplo.
Las circunstancias obligan a que las decisiones se deban tomar hoy y para ello se requieren líderes. ¿Los tenemos?
jueves, 27 de agosto de 2009
Una recuperación económica poco probable
Las visiones sobre la economía colombiana son contradictorias. Un grupo muy importante, vinculado a los gremios y a la institucionalidad pública, expresan que ya la crisis tocó fondo y aunque la recuperación será lenta, alcanzará para tener un balance positivo del PIB al final del año. Otros, los aguafiestas, pensamos que aun la crisis va a continuar y que sus efectos serán bastante dañinos, porque así lo están evidenciando las cifras y porque el entorno económico está muy enrarecido.
Miremos algunos ejemplos. El mismo día en que el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, aseguraba que la economía colombiana podría tener buenos resultados al finalizar el año, Fenalco reveló una encuesta en la que la gente dijo que reduciría o aplazaría la compra de electrodomésticos, vehículos y vivienda, y que restringiría su ida a restaurantes y disminuiría el turismo.
El Nobel de Economía, Paul Krugman, dio declaraciones en el sentido de que la crisis había golpeado a Colombia con menor rigor que a la gran mayoría de países latinoamericanos. Y, paralelamente, la Superintendencia Bancaria mostró los excelentes resultados del sistema financiero colombiano y lo puso como un ejemplo sectorial que fue capaz de enfrentar, sin inmutarse, la crisis económica mundial.
Las buenas noticias, sin embargo, se ensombrecieron con el anuncio de Venezuela de mantener su posición de seguir importando menos productos de Colombia, como una reprimenda comercial a los líos que se originaron por el acuerdo militar colombiano con Estados Unidos, afectando de esta manera a las industrias de alimentos, automotriz, textil, cosmética, química, cárnica, avícola y farmacéutica. A esto se sumó la revelación de que los indicadores de demanda en Estados Unidos siguen agudizándose y que la recesión se mantiene en niveles críticos, y que Ecuador ha dejado de tener la misma dinámica comercial que en años pasados con nosotros, dos hechos que también afectan la producción nacional y la generación de empleo.
Los bancos y los fondos pensionales siguieron engordando sus balances. La Bolsa de Valores obtiene ganancias superiores al 40% en lo corrido del año 2009. Centros de consulta dicen que los Índices de Situación Actual y de Expectativas fueron favorables al finalizar julio en Colombia. Los organismos de crédito internacional aseguran que han aprobado recursos para la economía colombiana, para que haga uso de ellos cuando el país lo considere conveniente. Un panorama que pareciera espléndido, si no fuera porque mucha gente sigue perdiendo el empleo; las ventas minoristas se contrajeron 4,5% en el primer semestre; y la industria manufacturera continua presentando datos negativos, como el de junio que fue de -6,6%.
Se escuchan voces de alegría porque la inflación es la más baja en muchas décadas, pero no explican que este fenómeno se debe a que no hay quién compre la producción, entre otras razones, porque los índices de pobreza apenas sí se redujeron durante la bonanza del último lustro, mientras la miseria mantuvo una tendencia al alza. Paralelamente hay presiones muy fuertes para que el aumento del salario mínimo en 2010 sea inferior al 4% y se reforme nuevamente el sistema pensional colombiano.
Frente a esta realidad tan confusa, hay optimistas que quieren hacer creer que la economía se recuperará, a tal punto que podría crecer en 2009. Otros, una minoría, hemos expresado públicamente nuestra desconfianza en las voces que intentan distorsionar la realidad, como cuando se dijo desde las altas esferas oficiales, que no habría problema alguno, porque la economía nacional estaba blindada.
Miremos algunos ejemplos. El mismo día en que el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, aseguraba que la economía colombiana podría tener buenos resultados al finalizar el año, Fenalco reveló una encuesta en la que la gente dijo que reduciría o aplazaría la compra de electrodomésticos, vehículos y vivienda, y que restringiría su ida a restaurantes y disminuiría el turismo.
El Nobel de Economía, Paul Krugman, dio declaraciones en el sentido de que la crisis había golpeado a Colombia con menor rigor que a la gran mayoría de países latinoamericanos. Y, paralelamente, la Superintendencia Bancaria mostró los excelentes resultados del sistema financiero colombiano y lo puso como un ejemplo sectorial que fue capaz de enfrentar, sin inmutarse, la crisis económica mundial.
Las buenas noticias, sin embargo, se ensombrecieron con el anuncio de Venezuela de mantener su posición de seguir importando menos productos de Colombia, como una reprimenda comercial a los líos que se originaron por el acuerdo militar colombiano con Estados Unidos, afectando de esta manera a las industrias de alimentos, automotriz, textil, cosmética, química, cárnica, avícola y farmacéutica. A esto se sumó la revelación de que los indicadores de demanda en Estados Unidos siguen agudizándose y que la recesión se mantiene en niveles críticos, y que Ecuador ha dejado de tener la misma dinámica comercial que en años pasados con nosotros, dos hechos que también afectan la producción nacional y la generación de empleo.
Los bancos y los fondos pensionales siguieron engordando sus balances. La Bolsa de Valores obtiene ganancias superiores al 40% en lo corrido del año 2009. Centros de consulta dicen que los Índices de Situación Actual y de Expectativas fueron favorables al finalizar julio en Colombia. Los organismos de crédito internacional aseguran que han aprobado recursos para la economía colombiana, para que haga uso de ellos cuando el país lo considere conveniente. Un panorama que pareciera espléndido, si no fuera porque mucha gente sigue perdiendo el empleo; las ventas minoristas se contrajeron 4,5% en el primer semestre; y la industria manufacturera continua presentando datos negativos, como el de junio que fue de -6,6%.
Se escuchan voces de alegría porque la inflación es la más baja en muchas décadas, pero no explican que este fenómeno se debe a que no hay quién compre la producción, entre otras razones, porque los índices de pobreza apenas sí se redujeron durante la bonanza del último lustro, mientras la miseria mantuvo una tendencia al alza. Paralelamente hay presiones muy fuertes para que el aumento del salario mínimo en 2010 sea inferior al 4% y se reforme nuevamente el sistema pensional colombiano.
Frente a esta realidad tan confusa, hay optimistas que quieren hacer creer que la economía se recuperará, a tal punto que podría crecer en 2009. Otros, una minoría, hemos expresado públicamente nuestra desconfianza en las voces que intentan distorsionar la realidad, como cuando se dijo desde las altas esferas oficiales, que no habría problema alguno, porque la economía nacional estaba blindada.
jueves, 16 de julio de 2009
Apocalipsis climático
El cambio climático exige un tipo de acciones inmediatas que, sin embargo, nadie va a adoptar. Lo urgente hoy para las naciones desarrolladas es encontrar soluciones a la pavorosa crisis financiera mundial y poco las trasnocha el tema ambiental.
Nadie es ajeno a que la vida en la Tierra está en serio riesgo si se siguen lanzando millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmosfera cada año. Pero las acciones concretas para frenar esta acelerada carrera contaminante son lentas, tal como se hizo evidente con los compromisos aprobados a través del Protocolo de Kioto y como está ocurriendo con las negociaciones previas a la cumbre mundial del clima en Copenhague.
En la reciente reunión de L´Aquila, Italia, los gobernantes de China, India, México y Brasil manifestaron no estar interesados en un acuerdo para disminuir a la mitad sus emisiones de dióxido de carbono y otros gases que afectan el clima, antes de 2050. La razón que expusieron es que sus economías emergentes requieren de un número mayor de años para llegar al nivel de desarrollo que se han trazado y, por lo tanto, cortar de tajo el uso de combustibles fósiles sería un gran obstáculo para sus pretensiones económicas.
Argumentan estos países que no es justo que las naciones desarrolladas hayan logrado altos niveles de crecimiento basados en el uso intensivo del carbono, y ahora quieran impedir que otros hagan lo mismo, so pretexto de la necesidad de cuidar el planeta.
Dichos países emergentes han aumentado significativamente sus descargas de gases de efecto invernadero a la atmosfera en los últimos doce años. China, por ejemplo, ha mantenido un crecimiento anual del PIB cercano al 10%, basado en la quema de carbón para sus procesos industriales, triplicando las descargas de gases dañinos. Para tratar de alcanzar su prosperidad, China ha dejado moribundo el río Amarillo, el cual ya perdió el 80% de su caudal y recibe 5.000 millones de toneladas de aguas residuales cada año. El gigante asiático tiene a 700 millones de sus 1.300 millones de habitantes consumiendo agua contaminada, especialmente en las zonas rurales. Los chinos, que no quieren saber de controles al dióxido de carbono, encabezan el vergonzoso récord de contar con 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo.
La intransigencia de estas cuatro naciones y de muchas más, es lo que hace prever que Copenhague será una nueva decepción y que se requerirán más que razones políticas para hacerles entender que la vida sobre el Planeta es mucho más importante que un crecimiento económico concentrado, el cual, a propósito, no se traduce en disminuciones trascendentales del hambre, la pobreza y la miseria.
Debido a que el cambio climático sigue su marcha imperturbable y desastrosa, anualmente mueren alrededor de 300.000 personas por efectos de las sequias, las inundaciones, el hambre y el excesivo calor. Va este dato para quienes se preocupan prioritariamente por la crisis económica: los problemas asociados con el clima causan pérdidas anuales por 130.000 millones de dólares, de acuerdo con revelaciones hechas por el exsecretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan.
Las proyecciones, si no se disminuyen de manera inmediata la emisiones de Gases de Efecto Invernadero, son que en las próximas dos décadas el mundo verá cómo unas 50 millones de personas serán refugiadas ambientales, especialmente en las zonas costeras, fruto del aumento del nivel del mar. También se asistirá a la muerte de medio millón de personas por desastres asociados con el clima. El número de indigentes llegará a los 1.500 millones de personas. Los muertos por hambre sobrepasarán las 10 millones de personas al año. Las pérdidas que sacudirán las economías serán iguales a las actuales ayudas entregadas por Estados Unidos al sistema financiero.
El mundo será un caos. Todos sentirán los efectos del cambio climático. Claro que los países pobres sufrirán más que los ricos, pero estos últimos tampoco escaparan a las nefastas consecuencias, porque el fenómeno del calentamiento es global. Ya Francia, Inglaterra y Estados Unidos han vivido en carne propia los embates de la naturaleza.
Nuestros nietos sentirán las calamidades ambientales, pero sus hijos asistirán a un verdadero Apocalipsis si quienes habitamos hoy el planeta no hacemos lo necesario para evitar el desastre anunciado.
Nadie es ajeno a que la vida en la Tierra está en serio riesgo si se siguen lanzando millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmosfera cada año. Pero las acciones concretas para frenar esta acelerada carrera contaminante son lentas, tal como se hizo evidente con los compromisos aprobados a través del Protocolo de Kioto y como está ocurriendo con las negociaciones previas a la cumbre mundial del clima en Copenhague.
En la reciente reunión de L´Aquila, Italia, los gobernantes de China, India, México y Brasil manifestaron no estar interesados en un acuerdo para disminuir a la mitad sus emisiones de dióxido de carbono y otros gases que afectan el clima, antes de 2050. La razón que expusieron es que sus economías emergentes requieren de un número mayor de años para llegar al nivel de desarrollo que se han trazado y, por lo tanto, cortar de tajo el uso de combustibles fósiles sería un gran obstáculo para sus pretensiones económicas.
Argumentan estos países que no es justo que las naciones desarrolladas hayan logrado altos niveles de crecimiento basados en el uso intensivo del carbono, y ahora quieran impedir que otros hagan lo mismo, so pretexto de la necesidad de cuidar el planeta.
Dichos países emergentes han aumentado significativamente sus descargas de gases de efecto invernadero a la atmosfera en los últimos doce años. China, por ejemplo, ha mantenido un crecimiento anual del PIB cercano al 10%, basado en la quema de carbón para sus procesos industriales, triplicando las descargas de gases dañinos. Para tratar de alcanzar su prosperidad, China ha dejado moribundo el río Amarillo, el cual ya perdió el 80% de su caudal y recibe 5.000 millones de toneladas de aguas residuales cada año. El gigante asiático tiene a 700 millones de sus 1.300 millones de habitantes consumiendo agua contaminada, especialmente en las zonas rurales. Los chinos, que no quieren saber de controles al dióxido de carbono, encabezan el vergonzoso récord de contar con 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo.
La intransigencia de estas cuatro naciones y de muchas más, es lo que hace prever que Copenhague será una nueva decepción y que se requerirán más que razones políticas para hacerles entender que la vida sobre el Planeta es mucho más importante que un crecimiento económico concentrado, el cual, a propósito, no se traduce en disminuciones trascendentales del hambre, la pobreza y la miseria.
Debido a que el cambio climático sigue su marcha imperturbable y desastrosa, anualmente mueren alrededor de 300.000 personas por efectos de las sequias, las inundaciones, el hambre y el excesivo calor. Va este dato para quienes se preocupan prioritariamente por la crisis económica: los problemas asociados con el clima causan pérdidas anuales por 130.000 millones de dólares, de acuerdo con revelaciones hechas por el exsecretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan.
Las proyecciones, si no se disminuyen de manera inmediata la emisiones de Gases de Efecto Invernadero, son que en las próximas dos décadas el mundo verá cómo unas 50 millones de personas serán refugiadas ambientales, especialmente en las zonas costeras, fruto del aumento del nivel del mar. También se asistirá a la muerte de medio millón de personas por desastres asociados con el clima. El número de indigentes llegará a los 1.500 millones de personas. Los muertos por hambre sobrepasarán las 10 millones de personas al año. Las pérdidas que sacudirán las economías serán iguales a las actuales ayudas entregadas por Estados Unidos al sistema financiero.
El mundo será un caos. Todos sentirán los efectos del cambio climático. Claro que los países pobres sufrirán más que los ricos, pero estos últimos tampoco escaparan a las nefastas consecuencias, porque el fenómeno del calentamiento es global. Ya Francia, Inglaterra y Estados Unidos han vivido en carne propia los embates de la naturaleza.
Nuestros nietos sentirán las calamidades ambientales, pero sus hijos asistirán a un verdadero Apocalipsis si quienes habitamos hoy el planeta no hacemos lo necesario para evitar el desastre anunciado.
domingo, 5 de julio de 2009
La reelección lo ensombrece todo
En el reciente encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y Colombia quedó en evidencia que el tema de la reelección presidencial, auspiciada y defendida desde el gobierno colombiano, oscurece cualquier avance que se produzca en temas económicos, ambientales y de política internacional.
Los periodistas estuvieron más pendientes de cuál era la reacción de Obama sobre el interés de elegir a Uribe por tercera vez y dejaron de lado sus posturas frente al tema del Tratado de Libre Comercio, las energías limpias y los acontecimientos sobre violaciones a los derechos humanos y los asesinatos extrajudiciales por parte de agentes del Estado.
La prensa mundial, que se ha manifestado en contra de la segunda reelección de Uribe por inconveniente, tiene en las palabras de Obama tres aspectos esenciales para seguir insistiendo en este tema. El primero, es que debe haber un límite en la permanencia de un gobernante en el poder y que es muy malo para la democracia tratar de eternizarse en él. El segundo, que se deben respetar los mandamientos de la Constitución y ella no se debe modificar por coyunturas políticas. El tercero, que la grandeza de un estadista depende de si es capaz o no de vencer su vanidad y retirarse del cargo a pesar de su popularidad.
En las democracias más sólidas del mundo a nadie se le pasa por la mente proponer una modificación a los periodos políticos constitucionales. Sin embargo, ello sí ocurre en democracias frágiles como las latinoamericanas, donde se ha desatado una fiebre por las reelecciones, acudiendo a la democracia plebiscitaria en unas ocasiones y en otras a reformas de la Constitución aprovechando las mayorías en el Congreso y al inmenso poder presidencial.
En el caso colombiano, Uribe logró que se modificara un “articulito” de la Constitución en el Congreso, a través de maniobras que se van dilucidando por parte de la justicia y que han resultado abiertamente contrarias a Derecho, y donde se evidencia que hubo manifestaciones corruptas que ya tienen a tres excongresistas en la cárcel y que podría aumentar su número si se comprueban denuncias sobre intercambio de puestos por votos parlamentarios en el trámite de la reforma que permitió la reelección inmediata.
Hoy Colombia está en la disyuntiva de si el pueblo será consultado a través de un Referendo para que se pronuncie sobre una segunda reelección, bajo el señuelo de que únicamente Uribe es capaz de dirigir al país hacia la derrota definitiva de los terroristas, porque los siete años que han transcurrido no han sido suficientes y que se requieren cuatro más, lo que podría originar que cuando se esté por lo once años de mandato uribista se vuelvan a proponer otros cuatro, porque aun faltará un poquito para acabar con las FARC y algunos otros movimientos delincuenciales. Y así sucesivamente.
El Presidente colombiano tiene una altísima popularidad. Sabe que con base en ese respaldo se puede quedar toda la vida en el poder. Pero la historia lo recordará como un dictador plebiscitario y lo comparará con la figura del general Rojas Pinilla, pero nadie se atreverá a hacer un símil de él con Alberto Lleras Camargo, por ejemplo.
Cuando se revise la historia latinoamericana, Uribe, si decide insistir en su reelección, no tendrá la estatura política de Lulla ni de Bachelet, sino que será puesto en el mismo lugar de Chávez, Castro, Correa, Morales y Ortega. Por lo menos eso le quiso decir Obama cuando le relató la historia de George Washington, uno de los padres fundadores de la Unión Americana y quien se retiró una vez terminó su periodo constitucional, a pesar de los pedidos ciudadanos de que se quedara. Allí radicó su grandeza personal y política y en gran medida se aseguró la solidez institucional de Estados Unidos.
Los periodistas estuvieron más pendientes de cuál era la reacción de Obama sobre el interés de elegir a Uribe por tercera vez y dejaron de lado sus posturas frente al tema del Tratado de Libre Comercio, las energías limpias y los acontecimientos sobre violaciones a los derechos humanos y los asesinatos extrajudiciales por parte de agentes del Estado.
La prensa mundial, que se ha manifestado en contra de la segunda reelección de Uribe por inconveniente, tiene en las palabras de Obama tres aspectos esenciales para seguir insistiendo en este tema. El primero, es que debe haber un límite en la permanencia de un gobernante en el poder y que es muy malo para la democracia tratar de eternizarse en él. El segundo, que se deben respetar los mandamientos de la Constitución y ella no se debe modificar por coyunturas políticas. El tercero, que la grandeza de un estadista depende de si es capaz o no de vencer su vanidad y retirarse del cargo a pesar de su popularidad.
En las democracias más sólidas del mundo a nadie se le pasa por la mente proponer una modificación a los periodos políticos constitucionales. Sin embargo, ello sí ocurre en democracias frágiles como las latinoamericanas, donde se ha desatado una fiebre por las reelecciones, acudiendo a la democracia plebiscitaria en unas ocasiones y en otras a reformas de la Constitución aprovechando las mayorías en el Congreso y al inmenso poder presidencial.
En el caso colombiano, Uribe logró que se modificara un “articulito” de la Constitución en el Congreso, a través de maniobras que se van dilucidando por parte de la justicia y que han resultado abiertamente contrarias a Derecho, y donde se evidencia que hubo manifestaciones corruptas que ya tienen a tres excongresistas en la cárcel y que podría aumentar su número si se comprueban denuncias sobre intercambio de puestos por votos parlamentarios en el trámite de la reforma que permitió la reelección inmediata.
Hoy Colombia está en la disyuntiva de si el pueblo será consultado a través de un Referendo para que se pronuncie sobre una segunda reelección, bajo el señuelo de que únicamente Uribe es capaz de dirigir al país hacia la derrota definitiva de los terroristas, porque los siete años que han transcurrido no han sido suficientes y que se requieren cuatro más, lo que podría originar que cuando se esté por lo once años de mandato uribista se vuelvan a proponer otros cuatro, porque aun faltará un poquito para acabar con las FARC y algunos otros movimientos delincuenciales. Y así sucesivamente.
El Presidente colombiano tiene una altísima popularidad. Sabe que con base en ese respaldo se puede quedar toda la vida en el poder. Pero la historia lo recordará como un dictador plebiscitario y lo comparará con la figura del general Rojas Pinilla, pero nadie se atreverá a hacer un símil de él con Alberto Lleras Camargo, por ejemplo.
Cuando se revise la historia latinoamericana, Uribe, si decide insistir en su reelección, no tendrá la estatura política de Lulla ni de Bachelet, sino que será puesto en el mismo lugar de Chávez, Castro, Correa, Morales y Ortega. Por lo menos eso le quiso decir Obama cuando le relató la historia de George Washington, uno de los padres fundadores de la Unión Americana y quien se retiró una vez terminó su periodo constitucional, a pesar de los pedidos ciudadanos de que se quedara. Allí radicó su grandeza personal y política y en gran medida se aseguró la solidez institucional de Estados Unidos.
lunes, 15 de junio de 2009
La hecatombe económica
El gobierno colombiano estuvo gastando a manos llenas durante los últimos seis años. Ello lo pudo hacer porque privatizó la casi totalidad de las empresas públicas; vendió acciones de algunas entidades emblemáticas; impulsó reformas tributarias; obligó a los más ricos a pagar un impuesto para la guerra; contó con petróleo y carbón a precios altísimos en el mercado internacional; y tuvo una economía moviéndose en terrenos muy positivos, lo cual dejó varios billones más en las cuentas del Tesoro Nacional.
Pero la época de las vacas gordas se acabó para Colombia, en medio de una de las crisis económicas mundiales más pavorosas, que ha movido los cimientos del capitalismo, al derrumbarse el consumo, lo que ha sepultado a destacadas empresas de los sectores financiero, asegurador, inmobiliario y automotriz, que siempre fueron sinónimo de prosperidad, seguridad, lujo y distinción.
Lo que hoy enfrenta Colombia es una recesión económica, acompañada por el crecimiento del desempleo y un déficit fiscal que echará por tierra una parte importante de lo que se había logrado en seguridad, fortalecimiento militar y disminución de la pobreza.
Lo que vendrá será una nueva reforma tributaria, que gravará los salarios y aumentará el IVA. No se girarán más recursos para proyectos regionales de infraestructura. Aumentará el desempleo por la caída vertiginosamente de la producción, el comercio interno y las exportaciones. No aumentará el número de familias que reciben un cheque mensual del Estado y las que hoy hacen parte de los programas asistencialistas quedarán en vilo. No se podrá recurrir con facilidad por parte de las empresas privadas al crédito internacional, en tanto las inversiones externas serán marginales.
Aspectos como la baja de las tasas de interés de referencia del Banco de la República, la caída de la inflación y la inversión pública, que se asomaron en principio como opciones para disminuir los impactos de la crisis económica, han ido perdido importancia, dado que el sistema financiero ha mantenido incólume el costo del dinero y ha restringido el crédito. La inflación ciertamente está por debajo de las previsiones de las autoridades monetarias, más por los efectos de la recesión que por una interrelación positiva de las variables macroeconómicas. La inversión pública, que podría mover la economía, no tiene cómo arrancar debido a la carencia de recursos públicos suficientes, a un déficit proyectado de 10 billones de pesos y a la inexistencia de un ahorro real en el Tesoro Nacional.
Pero lo que sí es evidente, es que en medio de la hecatombe económica, la presencia activa de las FARC y los escándalos por corrupción, muertes extrajudiciales y parapolítica, está en furor la posibilidad de reelección del presidente Uribe.
Pero la época de las vacas gordas se acabó para Colombia, en medio de una de las crisis económicas mundiales más pavorosas, que ha movido los cimientos del capitalismo, al derrumbarse el consumo, lo que ha sepultado a destacadas empresas de los sectores financiero, asegurador, inmobiliario y automotriz, que siempre fueron sinónimo de prosperidad, seguridad, lujo y distinción.
Lo que hoy enfrenta Colombia es una recesión económica, acompañada por el crecimiento del desempleo y un déficit fiscal que echará por tierra una parte importante de lo que se había logrado en seguridad, fortalecimiento militar y disminución de la pobreza.
Lo que vendrá será una nueva reforma tributaria, que gravará los salarios y aumentará el IVA. No se girarán más recursos para proyectos regionales de infraestructura. Aumentará el desempleo por la caída vertiginosamente de la producción, el comercio interno y las exportaciones. No aumentará el número de familias que reciben un cheque mensual del Estado y las que hoy hacen parte de los programas asistencialistas quedarán en vilo. No se podrá recurrir con facilidad por parte de las empresas privadas al crédito internacional, en tanto las inversiones externas serán marginales.
Aspectos como la baja de las tasas de interés de referencia del Banco de la República, la caída de la inflación y la inversión pública, que se asomaron en principio como opciones para disminuir los impactos de la crisis económica, han ido perdido importancia, dado que el sistema financiero ha mantenido incólume el costo del dinero y ha restringido el crédito. La inflación ciertamente está por debajo de las previsiones de las autoridades monetarias, más por los efectos de la recesión que por una interrelación positiva de las variables macroeconómicas. La inversión pública, que podría mover la economía, no tiene cómo arrancar debido a la carencia de recursos públicos suficientes, a un déficit proyectado de 10 billones de pesos y a la inexistencia de un ahorro real en el Tesoro Nacional.
Pero lo que sí es evidente, es que en medio de la hecatombe económica, la presencia activa de las FARC y los escándalos por corrupción, muertes extrajudiciales y parapolítica, está en furor la posibilidad de reelección del presidente Uribe.
viernes, 5 de junio de 2009
El desempleo es una desgracia para Pereira
Hace poco el presidente Uribe dijo que Pereira era la campeona de la competitividad en Colombia. Les recomendó a los empresarios nacionales que no tenían que irse para el exterior a conocer ejemplos de gran eficiencia empresarial, sino que debían ir a Pereira para que vieran cómo se lograba el progreso y el desarrollo. Sin embargo, dos semanas después, el DANE reveló que esta ciudad también era la campeona del desempleo en el país, y se conoció que las inversiones públicas más importantes respaldadas por el gobierno central para la zona cafetera se harán, contrariando los principios de la coherencia, en Caldas, entre ellas el Aeropuerto de Palestina y el Centro Regional de Logística en Manizales.
Pereira concentra gran parte de la inversión privada, especialmente de capitales extranjeros en los sectores de comercio y servicios, que ofertan algunos empleos mal remunerados, y donde las utilidades empresariales no se reinvierten localmente, sino que se envían de inmediato a las sedes matrices de las firmas.
Existe un espejismo sobre el gran crecimiento en Pereira. Se ven grandes superficies comerciales y se hace alharaca por la llegada de centros de atención de llamadas. Sin embargo, se oculta la realidad de un comercio tradicional que entró en crisis y que ha venido cerrando paulatinamente sus puertas. Poco se habla de la parálisis de la construcción, de la inexistencia de nuevos proyectos industriales, del estancamiento de las manufacturas y del bajo nivel de inversión pública.
El desempleo de Pereira que llegó al 19,7% puede seguir subiendo, porque la producción cafetera cayó en cerca del 40% y no habrá una irrigación importante de dinero en la economía y el nivel de consumo se va a desbarrancar. A esto se agrega, que el valor nominal de las mesadas provenientes del exterior ha disminuido en un 18% y que por efectos de la revaluación interna frente al dolar ha caído en un porcentaje similar en lo corrido de este año. Estas situaciones hacen que la industria y el comercio se depriman y tengan que disminuir sus cargas laborales.
Otros factores que pueden complicar el tema de empleo se relacionan con que la construcción, el sector más intensivo en mano de obra, tiene parados muchos proyectos y otros nunca arrancaron a la espera de un mejor momento económico, y a que el regreso de los migrantes de España y Estados Unidos, países donde se vive una recesión atroz, hará que muchas más personas salgan a buscar trabajo.
Y el panorama se torna más gris, debido a que muchas familias, especialmente de los municipios circunvecinos, podrían quedarse sin las ayudas que le entrega el gobierno nacional por la vía de los subsidios, como consecuencia de la disminución de los ingresos fiscales y tratarán de vincularse al mercado laboral pereirano; y porque hasta la plata del narcotráfico, que durante muchos años alimentó la economía subterránea de la ciudad, se ha ido desplazando hacia zonas de frontera, dejando a sus beneficiarios de más bajo nivel, especialmente trabajadores de fincas, choferes, empleadas domésticas y vendedores, sin su trabajo.
¿Y las soluciones? El gobierno local podría ayudar a través de la inversión pública, pero las obras que paliarían un poco la crisis, se encuentran en la agenda de buenas intenciones del Alcalde, pero no se ejecutarán tan rápidamente como la situación lo exige. El sector privado local es de una debilidad pasmosa y no tiene capacidad de reaccionar. Los empresarios externos creen que ya hicieron lo suyo y ahora están en la tarea de recuperar su inversión, y de acuerdo con la encuesta de la ANDI, la mayoría de ellos a nivel nacional no van a generar nuevos puestos de trabajo y una porción muy importante dijeron que disminuirán sus plantas de personal.
El panorama del empleo en Pereira es bastante tormentoso y la única forma de enfrentarlo es a través de un gran acuerdo multisectorial, que impida su agravamiento y se pueda tener un piso menos deleznable para iniciar la recuperación, una vez se supere la crisis mundial de la economía.
Pereira concentra gran parte de la inversión privada, especialmente de capitales extranjeros en los sectores de comercio y servicios, que ofertan algunos empleos mal remunerados, y donde las utilidades empresariales no se reinvierten localmente, sino que se envían de inmediato a las sedes matrices de las firmas.
Existe un espejismo sobre el gran crecimiento en Pereira. Se ven grandes superficies comerciales y se hace alharaca por la llegada de centros de atención de llamadas. Sin embargo, se oculta la realidad de un comercio tradicional que entró en crisis y que ha venido cerrando paulatinamente sus puertas. Poco se habla de la parálisis de la construcción, de la inexistencia de nuevos proyectos industriales, del estancamiento de las manufacturas y del bajo nivel de inversión pública.
El desempleo de Pereira que llegó al 19,7% puede seguir subiendo, porque la producción cafetera cayó en cerca del 40% y no habrá una irrigación importante de dinero en la economía y el nivel de consumo se va a desbarrancar. A esto se agrega, que el valor nominal de las mesadas provenientes del exterior ha disminuido en un 18% y que por efectos de la revaluación interna frente al dolar ha caído en un porcentaje similar en lo corrido de este año. Estas situaciones hacen que la industria y el comercio se depriman y tengan que disminuir sus cargas laborales.
Otros factores que pueden complicar el tema de empleo se relacionan con que la construcción, el sector más intensivo en mano de obra, tiene parados muchos proyectos y otros nunca arrancaron a la espera de un mejor momento económico, y a que el regreso de los migrantes de España y Estados Unidos, países donde se vive una recesión atroz, hará que muchas más personas salgan a buscar trabajo.
Y el panorama se torna más gris, debido a que muchas familias, especialmente de los municipios circunvecinos, podrían quedarse sin las ayudas que le entrega el gobierno nacional por la vía de los subsidios, como consecuencia de la disminución de los ingresos fiscales y tratarán de vincularse al mercado laboral pereirano; y porque hasta la plata del narcotráfico, que durante muchos años alimentó la economía subterránea de la ciudad, se ha ido desplazando hacia zonas de frontera, dejando a sus beneficiarios de más bajo nivel, especialmente trabajadores de fincas, choferes, empleadas domésticas y vendedores, sin su trabajo.
¿Y las soluciones? El gobierno local podría ayudar a través de la inversión pública, pero las obras que paliarían un poco la crisis, se encuentran en la agenda de buenas intenciones del Alcalde, pero no se ejecutarán tan rápidamente como la situación lo exige. El sector privado local es de una debilidad pasmosa y no tiene capacidad de reaccionar. Los empresarios externos creen que ya hicieron lo suyo y ahora están en la tarea de recuperar su inversión, y de acuerdo con la encuesta de la ANDI, la mayoría de ellos a nivel nacional no van a generar nuevos puestos de trabajo y una porción muy importante dijeron que disminuirán sus plantas de personal.
El panorama del empleo en Pereira es bastante tormentoso y la única forma de enfrentarlo es a través de un gran acuerdo multisectorial, que impida su agravamiento y se pueda tener un piso menos deleznable para iniciar la recuperación, una vez se supere la crisis mundial de la economía.
domingo, 17 de mayo de 2009
Están chantajeando a Pereira
El Ministro de Transporte, Andrés Uriel Gallego, ha dicho con claridad y en tono pausado que si el aeropuerto Matecaña no se entrega en concesión a un particular, dentro de un paquete regional que está estructurando el gobierno nacional, entonces no recibirá apoyo del presupuesto para mejorar sus condiciones de operación y de seguridad.
Esto es un chantaje para una ciudad que tiene un aeropuerto propio, que lo construyó con sus propias manos, que lo ha sostenido, que ha mejorado en seguridad, que ha hecho inversiones en infraestructura y que concentra tres cuartas partes del movimiento de pasajeros en la zona cafetera.
El Ministro considera que no debe hacer inversiones en una propiedad donde el gobierno nacional no tiene acciones. Y por eso dice que Pereira no tendrá recursos hasta que no se meta en una concesión regional, que no es viable bajo ninguna circunstancia si no está el Matecaña, que seguirá siendo el Aeropuerto preferido regionalmente por su cercanía geográfica con los usuarios.
El aeropuerto de Palestina se construirá. Para ello el gobierno nacional invierte 45 millones de dólares. Sin duda será una terminal aérea de lujo. Pero ni los pasajeros del norte del Valle (desde Cartago hasta Tuluá), ni los de Risaralda, ni los del occidente de Caldas, irán hasta Palestina a tomar sus vuelos y seguirán yendo a Pereira. Excepto que ocurra una cosa: que la Aerocivil cierre el aeropuerto Matecaña por no cumplir con todas las normas de seguridad aeronáutica, y esta posibilidad está abierta, lo que obliga al gobierno municipal a definir inversiones urgentes para evitar que ello ocurra en el mediano futuro, cuando los caldenses empiecen a presionar, afirmando que el terminal pereirano es inseguro para operar. Y frente a este argumento, donde está de por medio la vida de la gente, no habrá mucho qué hacer.
Pereira está en una situación de indefensión total en esta coyuntura, porque no tiene 20 millones de dólares para modernizar su aeropuerto con todo lo que le exige la Aerocivil, y desechó, por la oposición cerrera de algunos círculos sociales, tener el manejo del aeropuerto de Cartago, con lo cual las condiciones de negociación con el gobierno nacional serían hoy bien distintas.
Lo que sí es evidente, es que si Pereira de su propio presupuesto no mejora el Aeropuerto, esté tendrá un futuro bastante incierto, y no quedarían sino dos caminos: el primero, es acceder a las pretensiones del gobierno nacional y concesionarlo al particular que ellos definan; o concesionarlo de manera directa a un gran operador internacional, que gustoso se quedaría manejando un terminal aéreo que tiene mercado y clientes fieles.
Pero a decir verdad, ni las autoridades locales, ni los gremios económicos, ni la clase política, ni la opinión pública serán capaces de ganarle el pulso al presidente Uribe Vélez, que hará valer todo su poder para reducir a su mínima expresión las voces opositoras que se puedan levantar para defender el patrimonio local. En Pereira a Uribe lo acatan, lo veneran, lo idolatran, lo respetan y le obedecen. Imagínense, entonces, cuál será la decisión.
Esto es un chantaje para una ciudad que tiene un aeropuerto propio, que lo construyó con sus propias manos, que lo ha sostenido, que ha mejorado en seguridad, que ha hecho inversiones en infraestructura y que concentra tres cuartas partes del movimiento de pasajeros en la zona cafetera.
El Ministro considera que no debe hacer inversiones en una propiedad donde el gobierno nacional no tiene acciones. Y por eso dice que Pereira no tendrá recursos hasta que no se meta en una concesión regional, que no es viable bajo ninguna circunstancia si no está el Matecaña, que seguirá siendo el Aeropuerto preferido regionalmente por su cercanía geográfica con los usuarios.
El aeropuerto de Palestina se construirá. Para ello el gobierno nacional invierte 45 millones de dólares. Sin duda será una terminal aérea de lujo. Pero ni los pasajeros del norte del Valle (desde Cartago hasta Tuluá), ni los de Risaralda, ni los del occidente de Caldas, irán hasta Palestina a tomar sus vuelos y seguirán yendo a Pereira. Excepto que ocurra una cosa: que la Aerocivil cierre el aeropuerto Matecaña por no cumplir con todas las normas de seguridad aeronáutica, y esta posibilidad está abierta, lo que obliga al gobierno municipal a definir inversiones urgentes para evitar que ello ocurra en el mediano futuro, cuando los caldenses empiecen a presionar, afirmando que el terminal pereirano es inseguro para operar. Y frente a este argumento, donde está de por medio la vida de la gente, no habrá mucho qué hacer.
Pereira está en una situación de indefensión total en esta coyuntura, porque no tiene 20 millones de dólares para modernizar su aeropuerto con todo lo que le exige la Aerocivil, y desechó, por la oposición cerrera de algunos círculos sociales, tener el manejo del aeropuerto de Cartago, con lo cual las condiciones de negociación con el gobierno nacional serían hoy bien distintas.
Lo que sí es evidente, es que si Pereira de su propio presupuesto no mejora el Aeropuerto, esté tendrá un futuro bastante incierto, y no quedarían sino dos caminos: el primero, es acceder a las pretensiones del gobierno nacional y concesionarlo al particular que ellos definan; o concesionarlo de manera directa a un gran operador internacional, que gustoso se quedaría manejando un terminal aéreo que tiene mercado y clientes fieles.
Pero a decir verdad, ni las autoridades locales, ni los gremios económicos, ni la clase política, ni la opinión pública serán capaces de ganarle el pulso al presidente Uribe Vélez, que hará valer todo su poder para reducir a su mínima expresión las voces opositoras que se puedan levantar para defender el patrimonio local. En Pereira a Uribe lo acatan, lo veneran, lo idolatran, lo respetan y le obedecen. Imagínense, entonces, cuál será la decisión.
domingo, 3 de mayo de 2009
¿CUÁL ES LA CIUDAD QUE QUEREMOS?
Uno quisiera vivir en una ciudad socialmente equitativa, que haga buen uso de los impuestos, que combine variables arquitectónicas, urbanísticas y ambientales y que se ajuste a procesos de planeación modernos e inclusivos.
Esto se debe traducir en que la gente tenga espacios para la movilización peatonal, escenarios para el esparcimiento, zonas verdes para la gestión ambiental, servicios públicos de buena calidad, vías amplias para el tránsito automotor, sistemas de transporte público confiables y legalización y formalización de las zonas marginales.
Esa ciudad debe estar abierta a debatir sobre si su gestión urbana debe propiciar la Dispersión o la Concentración. Tiene que tener un balance real de su amueblamiento urbano. Ser capaz de mapear la disponibilidad de tierra. Actualizar el catastro sin afectar la salud económica de las familias. Intervenir decididamente sobre los procesos de gentrificación urbana para evitar conflictos de convivencia local.
Lo ideal es vivir en una ciudad donde no prevalezca un Alcalde Marca sino una Administración de Consensos y Objetivos. Donde se privilegien acciones culturales y se respete la relación entre Diferencia y Diversidad. Y donde se piense el desarrollo en función de concertaciones regionales para la complementariedad, el emprendimiento y la competitividad.
Esa ciudad debe lograr que el gobierno local procure construir un modelo de intervención social y económica que contribuya a mejorar los indicadores de desarrollo humano, buscando que sus habitantes puedan gozar de una vida más larga y digna, acceder fácilmente a los servicios de educación y contar con los recursos mínimos para prodigarse una vivienda confortable y una alimentación permanente.
Los ciudadanos deberían tener la posibilidad de exigir (y que se les cumpliera) que el proceso de rendición de cuentas sobre la actividad de los asuntos públicos no se convirtiera en un espectáculo circense y fuera el escenario propicio para debatir sobre cómo avanza el gobierno, teniendo como punto de partida indicadores técnicos y no discursos efectistas.
La ciudad ideal, y que se puede conseguir, debe ser muy fuerte en procesos de control social, donde la participación ciudadana sea efectiva y donde se pongan en marcha observatorios temáticos sobre políticas públicas, espacio público, seguridad y desarrollo económico, entre muchos otros temas, con lo cual se pueda alcanzar un verdadero Crecimiento de Base Ancha, que es como llaman los especialistas a una democracia incluyente, donde los gobiernos tratan a sus gobernados como personas adultas e inteligentes.
La decisión de vivir en una ciudad que cumpla con estos requisitos está en cada uno de nosotros. Lo importante es saber elegir al más competente para orientar estos sueños. En muchas regiones del mundo han logrado que las ciudades sean verdaderos espacios de convivencia y de buen vivir. ¿Por qué no lo intentamos nosotros?
Esto se debe traducir en que la gente tenga espacios para la movilización peatonal, escenarios para el esparcimiento, zonas verdes para la gestión ambiental, servicios públicos de buena calidad, vías amplias para el tránsito automotor, sistemas de transporte público confiables y legalización y formalización de las zonas marginales.
Esa ciudad debe estar abierta a debatir sobre si su gestión urbana debe propiciar la Dispersión o la Concentración. Tiene que tener un balance real de su amueblamiento urbano. Ser capaz de mapear la disponibilidad de tierra. Actualizar el catastro sin afectar la salud económica de las familias. Intervenir decididamente sobre los procesos de gentrificación urbana para evitar conflictos de convivencia local.
Lo ideal es vivir en una ciudad donde no prevalezca un Alcalde Marca sino una Administración de Consensos y Objetivos. Donde se privilegien acciones culturales y se respete la relación entre Diferencia y Diversidad. Y donde se piense el desarrollo en función de concertaciones regionales para la complementariedad, el emprendimiento y la competitividad.
Esa ciudad debe lograr que el gobierno local procure construir un modelo de intervención social y económica que contribuya a mejorar los indicadores de desarrollo humano, buscando que sus habitantes puedan gozar de una vida más larga y digna, acceder fácilmente a los servicios de educación y contar con los recursos mínimos para prodigarse una vivienda confortable y una alimentación permanente.
Los ciudadanos deberían tener la posibilidad de exigir (y que se les cumpliera) que el proceso de rendición de cuentas sobre la actividad de los asuntos públicos no se convirtiera en un espectáculo circense y fuera el escenario propicio para debatir sobre cómo avanza el gobierno, teniendo como punto de partida indicadores técnicos y no discursos efectistas.
La ciudad ideal, y que se puede conseguir, debe ser muy fuerte en procesos de control social, donde la participación ciudadana sea efectiva y donde se pongan en marcha observatorios temáticos sobre políticas públicas, espacio público, seguridad y desarrollo económico, entre muchos otros temas, con lo cual se pueda alcanzar un verdadero Crecimiento de Base Ancha, que es como llaman los especialistas a una democracia incluyente, donde los gobiernos tratan a sus gobernados como personas adultas e inteligentes.
La decisión de vivir en una ciudad que cumpla con estos requisitos está en cada uno de nosotros. Lo importante es saber elegir al más competente para orientar estos sueños. En muchas regiones del mundo han logrado que las ciudades sean verdaderos espacios de convivencia y de buen vivir. ¿Por qué no lo intentamos nosotros?
domingo, 26 de abril de 2009
LAS MISERIAS DE LOS DEMÁS
A los colombianos se nos estruja el alma cuando vemos esas imágenes desgarradoras de niños famélicos envueltos en un mar de moscas en las áridas tierras del cuerno africano. Nos dolemos al observar a sus madres también moribundas, resignadas a la espera de que la muerte sea el único bálsamo para el sufrimiento de sus hijos. Quedamos estupefactos al conocer las dramáticas cifras de pobreza en Somalia, Eritrea y Etiopia. Sentimos pena por las desesperadas caminatas que emprenden en procesión esas lánguidas figuras negras en medio de un sol abrasador, con la esperanza de encontrar algo de agua en aquellas inhóspitas tierras. Se nos revuelve el estómago al ver la crudeza de las gráficas que dan cuenta del entorno nauseabundo donde se refugian esas comunidades empobrecidas.
Tenemos la convicción de que la miseria es terrible. Que la gente que vive en esas condiciones es sumamente desgraciada. Que el mundo no está haciendo lo suficiente por ayudarles. Que los gobiernos de esos países son terriblemente injustos, pérfidos y corruptos. Nos afligimos por esos pobres lejanos del África oriental o del Asia. Incluso, sentimos dolor solidario por la pobrería haitiana, boliviana y paraguaya.
Pero los colombianos nos resistimos a mirar hacia los lados. No queremos esculcar nuestras propias miserias. Nos da miedo encontrarnos de frente una imagen similar en el Chocó a la que nos muestran de Yibuti al este del África. Nos enconchamos en nuestras glorias fingidas y en nuestras estadísticas inventadas, para alejar la tentación de revisar nuestra realidad.
Pero como los hechos son los hechos, ahí están: el nivel de pobreza de los colombianos es del 45%. Sin embargo, este promedio dramático esconde iniquidades regionales gravísimas, que no dejan ver cómo en Chocó de cada 10 personas 8 son pobres y de estas 5 son indigentes. En situación parecida están los habitantes de Sucre, Guajira, Córdoba y Nariño. Esto quiere decir que no es necesario mirar hacia el exterior para encontrar a la pobreza extrema.
La desnutrición global, que se refleja en la baja talla, afecta el 7% de los niños del país. Pero la situación específica de Guajira y Boyacá es crítica, dado que doblan este índice. En cuanto a mortalidad infantil, aparece Cauca, Chocó y Guajira exhibiendo cifras vergonzosas para un país exultante que, según las estadísticas de World Database of Happiness -un registro de la felicidad que hace en 112 países la Universidad Erasmus de Rotterdam-, es el más feliz del mundo.
Pero esta felicidad desbordante muy seguramente no tendrá cabida en los hogares de 9 millones de colombianos que no cuentan con acceso a agua potable, tal como en reiteradas ocasiones lo han dicho la Procuraduría General, la Superintendencia de Servicios Públicos y las organizaciones no gubernamentales y que ahora lo corrobora la Defensoría del Pueblo.
Los colombianos no tenemos necesidad de buscar en Nigeria las historias crueles de familias que padecen la falta de agua. Simplemente hay que hurgar en los datos que muestran departamentos como Sucre, Cesar, Santander, Chocó y Boyacá, para darnos cuenta que a pesar de que el país tiene agua suficiente, no ha sido capaz de distribuirla eficientemente, entre otras razones, como lo han denunciado Planeación Nacional y la Contraloría General, porque en muchos territorios se han robado los dineros dispuestos para programas de saneamiento básico.
La repulsión por el entorno infeccioso en que viven millones de indigentes africanos y asiáticos, también es posible experimentarla en Colombia, donde cerca de 14 millones de personas no tienen sistema de alcantarillado ni unidades sanitarias y en las localidades en que habitan, las excretas corren libres por el medio de las calles.
Lo que ocurre es que con tanta felicidad que nos embarga y metidos de cabeza en la globalización, vemos muy difusas las imágenes de nuestras propias necesidades, pero contemplamos con asombro y claridad lo que le acontece a los demás. Si persistimos en esta actitud, es muy poco probable que los colombianos seamos capaces de construir una sociedad viable.
Tenemos la convicción de que la miseria es terrible. Que la gente que vive en esas condiciones es sumamente desgraciada. Que el mundo no está haciendo lo suficiente por ayudarles. Que los gobiernos de esos países son terriblemente injustos, pérfidos y corruptos. Nos afligimos por esos pobres lejanos del África oriental o del Asia. Incluso, sentimos dolor solidario por la pobrería haitiana, boliviana y paraguaya.
Pero los colombianos nos resistimos a mirar hacia los lados. No queremos esculcar nuestras propias miserias. Nos da miedo encontrarnos de frente una imagen similar en el Chocó a la que nos muestran de Yibuti al este del África. Nos enconchamos en nuestras glorias fingidas y en nuestras estadísticas inventadas, para alejar la tentación de revisar nuestra realidad.
Pero como los hechos son los hechos, ahí están: el nivel de pobreza de los colombianos es del 45%. Sin embargo, este promedio dramático esconde iniquidades regionales gravísimas, que no dejan ver cómo en Chocó de cada 10 personas 8 son pobres y de estas 5 son indigentes. En situación parecida están los habitantes de Sucre, Guajira, Córdoba y Nariño. Esto quiere decir que no es necesario mirar hacia el exterior para encontrar a la pobreza extrema.
La desnutrición global, que se refleja en la baja talla, afecta el 7% de los niños del país. Pero la situación específica de Guajira y Boyacá es crítica, dado que doblan este índice. En cuanto a mortalidad infantil, aparece Cauca, Chocó y Guajira exhibiendo cifras vergonzosas para un país exultante que, según las estadísticas de World Database of Happiness -un registro de la felicidad que hace en 112 países la Universidad Erasmus de Rotterdam-, es el más feliz del mundo.
Pero esta felicidad desbordante muy seguramente no tendrá cabida en los hogares de 9 millones de colombianos que no cuentan con acceso a agua potable, tal como en reiteradas ocasiones lo han dicho la Procuraduría General, la Superintendencia de Servicios Públicos y las organizaciones no gubernamentales y que ahora lo corrobora la Defensoría del Pueblo.
Los colombianos no tenemos necesidad de buscar en Nigeria las historias crueles de familias que padecen la falta de agua. Simplemente hay que hurgar en los datos que muestran departamentos como Sucre, Cesar, Santander, Chocó y Boyacá, para darnos cuenta que a pesar de que el país tiene agua suficiente, no ha sido capaz de distribuirla eficientemente, entre otras razones, como lo han denunciado Planeación Nacional y la Contraloría General, porque en muchos territorios se han robado los dineros dispuestos para programas de saneamiento básico.
La repulsión por el entorno infeccioso en que viven millones de indigentes africanos y asiáticos, también es posible experimentarla en Colombia, donde cerca de 14 millones de personas no tienen sistema de alcantarillado ni unidades sanitarias y en las localidades en que habitan, las excretas corren libres por el medio de las calles.
Lo que ocurre es que con tanta felicidad que nos embarga y metidos de cabeza en la globalización, vemos muy difusas las imágenes de nuestras propias necesidades, pero contemplamos con asombro y claridad lo que le acontece a los demás. Si persistimos en esta actitud, es muy poco probable que los colombianos seamos capaces de construir una sociedad viable.
martes, 14 de abril de 2009
LO PEOR DE LA CRISIS ECONÓMICA ESTÁ POR VENIR
La crisis de la economía mundial apenas está comenzando. Lo peor está por venir. Es cierto que la crisis hipotecaria en Estados Unidos y varios países europeos ha golpeado sin misericordia a las familias. También es cierto que los bancos no fueron capaces de resistir la toxicidad de sus activos. No menos grave es la caída de las bolsas.
El primer capitulo de esta crisis universal de la economía ha dejado a millones de familia sin techo y sin empleo. Ha provocado que muchos millonarios ya no lo sean. Ha incitado a la desconfianza ciudadana en los mercados. Ha empezado a golpear la estructura fiscal de los Estados. Pero hace falta un segundo capitulo, que ya se está escribiendo, para desventura de millones de personas.
Este nuevo capitulo estará basado en la caída del consumo de las familias y en la cesación del pago de las obligaciones al sistema financiero por tarjetas de crédito. Estamos aproximándonos a una verdadera catástrofe.
Las familias, bien por una baja en sus ingresos o por previsión, ya no están comprando lo que tradicionalmente adquirían y esta es la causa para que los centros comerciales, las grandes superficies de alimentos, los restaurantes, los distribuidores de gasolina, los hoteles y las aerolíneas estén facturando menos y, por lo tanto, los fiscos locales y nacionales, para el caso colombiano, estén recibiendo menores ingresos por impuestos como IVA, Retención en la Fuente, Industria y Comercio y Predial, lo que pondrá en cuidados intensivos el gasto público.
Cuando las personas disminuyen su nivel de consumo, entonces se produce un fenómeno económico recesivo, que se origina porque la industria baja la producción, dado que el comercio vende menos, y entonces ambos sectores no tienen más remedio que disminuir costos, y uno de los más importantes es el laboral. Con más gente desempleada, la posibilidad de reactivar la economía por la vía de la demanda se hace casi que imposible y entonces empieza a ocurrir un hecho gravísimo: la deflación, o sea, una disminución generalizada de los precios, presionada por productores y comerciantes que requieren cubrir parte de sus costos de producción y ubicarse en un punto donde sus pérdidas sean menores, con los peligros que esto representa, especialmente por la propensión de los consumidores a no comprar a la espera de que los precios sigan bajando.
Estas familias con menores o inexistentes ingresos, tomarán la decisión de no pagar sus obligaciones financieras, especialmente las de las tarjetas de crédito, que les han servido en los últimos meses para intentar mantener el ritmo de consumo tradicional. Y eso conllevará, ya se está viendo en algunos países, a que se cierre o restrinjan todo tipo de préstamos, se pidan más garantías, y a que las economías nacionales tarden más tiempo del necesario en salir de la crisis, porque no sólo basta con poner a funcionar el sistema productivo, sino que se debe crear la confianza necesaria entre los actores de la economía.
Para el caso colombiano, se asegura que el sistema financiero está blindado y en capacidad de soportar cualquier tipo de turbulencia. Eso es lo que nos dicen todos los días las autoridades y gran parte de los expertos. Ojalá así sea. ¿Pero, se puede confiar en las afirmaciones oficiales, después de lo que ha ocurrido en la economía nacional en los últimos seis meses?
El primer capitulo de esta crisis universal de la economía ha dejado a millones de familia sin techo y sin empleo. Ha provocado que muchos millonarios ya no lo sean. Ha incitado a la desconfianza ciudadana en los mercados. Ha empezado a golpear la estructura fiscal de los Estados. Pero hace falta un segundo capitulo, que ya se está escribiendo, para desventura de millones de personas.
Este nuevo capitulo estará basado en la caída del consumo de las familias y en la cesación del pago de las obligaciones al sistema financiero por tarjetas de crédito. Estamos aproximándonos a una verdadera catástrofe.
Las familias, bien por una baja en sus ingresos o por previsión, ya no están comprando lo que tradicionalmente adquirían y esta es la causa para que los centros comerciales, las grandes superficies de alimentos, los restaurantes, los distribuidores de gasolina, los hoteles y las aerolíneas estén facturando menos y, por lo tanto, los fiscos locales y nacionales, para el caso colombiano, estén recibiendo menores ingresos por impuestos como IVA, Retención en la Fuente, Industria y Comercio y Predial, lo que pondrá en cuidados intensivos el gasto público.
Cuando las personas disminuyen su nivel de consumo, entonces se produce un fenómeno económico recesivo, que se origina porque la industria baja la producción, dado que el comercio vende menos, y entonces ambos sectores no tienen más remedio que disminuir costos, y uno de los más importantes es el laboral. Con más gente desempleada, la posibilidad de reactivar la economía por la vía de la demanda se hace casi que imposible y entonces empieza a ocurrir un hecho gravísimo: la deflación, o sea, una disminución generalizada de los precios, presionada por productores y comerciantes que requieren cubrir parte de sus costos de producción y ubicarse en un punto donde sus pérdidas sean menores, con los peligros que esto representa, especialmente por la propensión de los consumidores a no comprar a la espera de que los precios sigan bajando.
Estas familias con menores o inexistentes ingresos, tomarán la decisión de no pagar sus obligaciones financieras, especialmente las de las tarjetas de crédito, que les han servido en los últimos meses para intentar mantener el ritmo de consumo tradicional. Y eso conllevará, ya se está viendo en algunos países, a que se cierre o restrinjan todo tipo de préstamos, se pidan más garantías, y a que las economías nacionales tarden más tiempo del necesario en salir de la crisis, porque no sólo basta con poner a funcionar el sistema productivo, sino que se debe crear la confianza necesaria entre los actores de la economía.
Para el caso colombiano, se asegura que el sistema financiero está blindado y en capacidad de soportar cualquier tipo de turbulencia. Eso es lo que nos dicen todos los días las autoridades y gran parte de los expertos. Ojalá así sea. ¿Pero, se puede confiar en las afirmaciones oficiales, después de lo que ha ocurrido en la economía nacional en los últimos seis meses?
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